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miércoles, 29 de mayo de 2013

DRÁCULA, por Vicente Adelantado Soriano, de Valencia, España


Para Luis y Guille

-¿Usted cree en el diablo?
-Hombre. Aquí, en el monte, y de día, no creo... en nada: pero en mi casa, y de noche... ya es otra cosa.
Pío Baroja, Camino de perfección.

En la residencia en la que habito desde hace unos meses tengo dos distracciones, un tanto absurdas, para cuando me canso de leer o de oír música. La primera consiste en mirar por la ventana. Da esta a una amplia avenida con un paso cebra y con dos semáforos. Raro es el día que no hay accidentes entre ciclistas y automovilistas en dicho paso cebra. Viéndolos creo que la gente está mal de la cabeza: se juegan la vida por detener el coche unos centímetros más acá o más allá; y los ciclistas van por las aceras como si estuvieran corriendo el Tour de Francia. Yo, por lo que pueda pasar, siempre me desplazo a pie.

La otra distracción es ir al salón, y participar en alguna que otra tertulia. Nunca me han gustado las conversaciones entre tres o cuatro personas, pues, al final, uno termina por no enterarse de nada dado que todos hablan con todos, y al mismo tiempo. Eso sí, el tema es indiscutible: la crisis, los políticos, la corrupción, los engaños y las mentiras de aquellos, y el poco sentido común de muchos de nuestros compañeros de residencia. Esto es lo menos grave, al fin y al cabo todos pasamos de los setenta años; lo malo es la falta de dicho sentido en una gran parte de la juventud, y eso sí que es gravísimo. Por regla general nunca intervengo en estas discusiones. Callo, miro y escucho.
Poco después de las fiestas de Navidad entré en el salón. Estaba vacío, cosa rara. Sólo un compañero se hallaba sentado en un rincón con un libro sobre la mesa. Su mano derecha reposaba sobre la portada del libro. Tenía los ojos cerrados. No supe, en un principio, si se había dormido o si estaba meditando o muerto, como sucede de vez en cuando. Me moví sigilosamente para no molestarlo. Y sigilosamente aparté una silla sin hacer el más mínimo ruido. Aun así, tal vez alertado por un sexto sentido, abrió lo ojos. Me saludó con la mano y me invitó a sentarme a su lado. Acepté de buen grado dado que no había cogido ningún libro ni revista: no era aquel el lugar adecuado para leer.
-Estaba leyendo un libro -me dijo amablemente- que me regalaron mis nietos para Reyes.
Diciéndolo me alargó el libro abierto por la primera página: sin duda tenía interés en que leyera la dedicatoria. Era una dedicatoria anodina, como casi todas, escrita con una letra que dejaba bastante que desear. Yo, lógicamente, estaba más interesado en leer el título del libro. Me quedé un poco anonadado: el libro era Drácula, de Bram Stoker.
-¿Lo conoce usted? -me preguntó con una amable sonrisa.
-Lo leí hace tantísimos años -le respondí devolviéndole el volumen- que es como si no lo hubiera leído.
-¿No recuerda usted nada? ¿Nada de nada? -preguntó con incredulidad.
-Recuerdo vagamente -respondí deseando ser amable, aunque en el salón ya no quedaban vestigios de árboles, nacimientos ni estrellas- que una profesora de literatura, creo que allá por quinto o sexto de bachiller, nos habló de esa novela como uno de los hitos del romanticismo, cosa que a mí me sonó un poco extraña.
-Claro -dijo animándose mi compañero- eso fue sin duda porque usted tenía la visión de Drácula transmitida por las películas, que son nefastas.
-No le digo que no. Y por eso leí la novela, pues aquella joven profesora insistía en que Drácula era el mito del amor imposible. Y, en consecuencia, una figura romántica.
-¿Y qué le pareció a usted?
-¿Qué quiere que le diga? El buen Conde dista mucho de ser un amante tímido, romántico y apocado. Recuerdo, no sé porqué se me quedó grabado ese capítulo, que cuando una de las chicas es encerrada en su habitación, y esta la llenan de ajos, Drácula recurre a un lobo, el cual, saltando, rompe los vidrios de la ventana y permite que el cuarto se ventile. Poco después el conde, quiera ella o no quiera, le busca la yugular con ahínco. Y se la encuentra.
-Sí, tiene usted buena memoria: se trata de Lucy, la primera víctima londinense del Conde.
-Aquí -añadí gastándole una broma insustancial- Drácula no tendría nada que hacer.
-Hombre, puestos a escoger, yo también iría en busca de yugulares jóvenes y tiernas.
-Ya. No me refería a eso. Quería decir que en este santo lugar nos dan tanta sopa de ajo que el bueno del Conde, entre nosotros, iba a estar en una cuaresma perpetua. Yo tengo un amigo que dice, creo que siguiendo a Julio Camba, que la cocina española está sobrada de ajo. En este país le ponemos ajo hasta a los pasteles de moniato.
-No sé. Tal vez tenga usted razón. Pero a mí el ajo me gusta.
-Y a mí también. Así que está claro, ¿no le parece?
-Sí -dijo riéndose-, está claro. Yo -añadió después- también leí la novela de joven. Aunque lo hice por causas distintas a las suyas.
-Bueno, para leer un libro y morder una yugular no hace falta ninguna justificación.
-Cierto, cierto. Pero no es menos cierto que, a veces, se recurre a los libros en busca de cosas, o de soluciones.
Me miró a los ojos como esperando que diera mi asentimiento para que continuara sus explicaciones librescas. Lo hice.
-Yo era una criatura muy miedosa -me contó-. No sé cuándo se desarrolló en mí ese miedo. Tal vez influyó en ello el hecho de no vivir con mis padres. Murieron en un accidente cuando yo tenía pocos años. Se me llevaron unos tíos míos. Y recuerdo que en su casa comenzaron y se desarrollaron mis miedos. Tenía miedo de todo. Y más, mucho más, de la noche y por la noche.
-Una situación nada agradable -dije por decir algo.
-No se lo puede ni imaginar.
-Recuerdo -dije deseando ser amable- que en nuestra época, cuando éramos niños, la gente mayor se comportaba de forma bastante cerril con nosotros. A los críos nos trataban con desprecio y crueldad. A veces me vienen a la memoria los llantos de terror de un amigo, apenas tendría seis o siete años, al que sus tíos obligaron a que besara el cadáver de su padre poco antes de cerrar el ataúd.
-En mi caso fue terrible. El miedo no me desaparecía por más años que cumpliera. Y un día decidí cortar por lo sano. De forma casual, digámoslo así, cayó un mis manos un libro sobre el budismo, o alguna rama del budismo. Leí en dicho libro que una de las pruebas a las que sometían a los novicios budistas era encerrarlos durante tres o cuatro días, con un cadáver, en una cueva en medio de una montaña.
-¡Vaya burrada! -exclamé sin poder contenerme.
-Eso pensé yo también. De hecho, según el libro, algunos monjes enloquecían... La explicación residía en percatarse, de forma clara y rotunda, de que nuestros miedos son provocados por nuestra imaginación. La realidad es distinta. Nada hay más pacífico que un muerto. Sin embargo, si pusieran un ataúd en este salón, tanto usted como yo procuraríamos alejarnos de él lo más posible.
-Tal vez por eso Drácula produce tanto miedo, ¿no? Un muerto que vive. Una paradoja con colmillos.
-Sí, es cierto. A mí me interesaba comprobar si era cierto eso de la imaginación y de la realidad. Así que por las noches, en mi habitación, trataba de racionalizar todos los ruidos que oía; pero a veces la imaginación me podía... fue un trabajo de años.
-Lo debió de pasar muy mal.
-Mucho. Máxime cuando mi primo se empeñaba en llevarme al cine a ver películas de terror, que a él, cómo no, le encantaban. Igualmente le causaba un infinito placer darme sustos a cualquier hora del día o de la noche. Yo vivía en un estado de excitación continuo.
-A veces me da la impresión de que hemos heredado la crueldad de nuestros padres.
-Creo que en eso se equivoca: yo lo pasé tan mal que jamás mis hijos han tenido miedo de nada. He procurado educarlos para que fuera así.
-¿Y cómo le benefició Drácula en su aprendizaje? -quise saber.
-Yo no estaba dispuesto, como los budistas -me dijo sonriendo- a pasar ni una hora con un cadáver. Pero sí quise ejercitarme en excitar mi imaginación, para lo cual no se necesitaba mucho, y en dominarla al mismo tiempo. Así que cuando era de día leía la novela; y cuando era de noche, y el Conde se me hacía real, trataba de hacerlo desaparecer con mi mente. Fue duro, muy duro. Una noche, ¡Dios, qué noche!, las gotas de sudor cayendo por mi cuello me parecieron gotas de sangre... Me costó verdaderos esfuerzos reprimir mis gritos y alaridos.
-De la forma que lo está contando -dije sonriendo- parece como si Bram Stoker hubiera escrito su novela para que los niños no tuviéramos malos pensamientos en la cama.
-¡Vaya por Dios! -exclamó riendo-. No se me había ocurrido verlo así. Ahora bien, le puedo asegurar que yo no tuve malos pensamientos. Ni de lejos.
-A mí lo que me sucedía en aquella época era que me enamoraba de muchas actrices. Y por más que procuraba hacerlas reales en mi vacía habitación siempre me encontraba mi cama sola y fría.
-¿Ve? En el fondo Drácula es un animal erótico.
-Bueno, digamos que eso, en las películas, lo han explotado hasta tal punto que ya da un poco de asco. Hastía.
-Sí, es cierto. Pero ¿sabe? A su profesora de literatura no le faltaba razón en lo del mito romántico. Y ya no me refiero sólo al personaje como a la encarnación del amor imposible. Me refiero, ahora, a la forma de la novela.
-Sí. A mí también me llamó la atención la forma en la que está escrita la novela.
-Y desde ese punto de vista, ¿no diría usted que es una novela totalmente romántica? Si partimos del principio de que el romanticismo fue un “invento” de Goethe, o si quiere usted, que fue este el primero en expresar las nuevas tendencias y puntos de vista de la nueva sociedad, y que lo hizo a través de su novela Werther, Drácula, de alguna forma, es su continuadora.
-No lo sigo. Me he perdido. Francamente. Hace tiempo que leí la novela. No tengo las cosas tan frescas como usted.
-Quiero decir, y perdóneme si parezco un maestro en plena clase, que una de las características del romanticismo es el subjetivismo, ¿y qué más subjetivo que una carta? Werther es una novela epistolar.
-Sí, eso lo recuerdo. Y también recuerdo que Drácula está escrita de forma fragmentaria...
-Efectivamente -me interrumpió mi compañero que parecía animarse por momentos-. Efectivamente -repitió-. La novela está constituida por diarios, cartas, telegramas y notas que se van intercambiando los personajes. El único que no escribe es el Conde.
-También podríamos decir -apunté tímidamente- que Bram Stoker es uno de los fundadores de la nueva novelística.
-No lo diga con la boca pequeña -me dijo sonriendo-. Creo que es así. Aunque hay un problema, y no desdeñable, desde luego.
-Usted dirá -dije invitándolo a seguir hablando.
-Lo que voy a decirle tendría que matizarlo... Tendría que volver a releer muchas cosas para hablar con un mínimo de propiedad; pero, en fin, allá va. El teatro, de alguna forma, nos enseña que ninguno de los personajes tiene la razón por completo... No sé, cojamos Antígona. Está claro que las leyes están hechas para ser cumplidas, y Antígona se las ha saltado a la torera. Por lo tanto es reo de muerte. Pero está claro que la ley decretada por el rey, por Creonte, como le hace ver su hijo Hemón, es una ley injusta.
-Siempre le estamos dando vueltas a lo mismo.
-¿A qué se refiere usted?
-¿No es ese el problema de Sócrates cuando lo condenan a muerte injustamente y le proponen, a fin de subsanarlo, que huya de la prisión?
-Sí, es lo mismo. Y tal vez todos tengan su parte de razón... Habría que estudiarlo. Pero en Drácula, con el intercambio de cartas y diarios no se busca otro punto de vista, otra explicación... Bram Stoker va tejiendo una malla sutil ante el pobre lector. Todos los personajes, incluso médicos y científicos, tienen que ir admitiendo aquello que va en contra de toda lógica y del más común de los sentidos. Así que al pobre y desamparado lector no le queda al final ninguna salida. Drácula se hace tan real como el libro que tiene en las manos.
-Sucede eso sin duda porque Stoker es un excelente novelista, ¿no le parece?
-Sin duda, sin duda -asintió-. Recuerdo que una de las posibilidades que vislumbré, para liberarme de mis miedos, fue intentar descubrir los puntos flacos de la novela, algo que me hiciera percatarme de que todo aquello era pura fantasía y nada más que fantasía.
-¡Ay, amigo! -exclamé-. Me temo que eso es trabajo perdido.
-¿Por qué? -preguntó intrigado.
-Bueno, quizás con las novelas de terror suceda lo mismo que con las novelas eróticas. Es curioso que unas palabras y unas descripciones nos encrespen y sean capaces de hacernos perder el juicio. Al menos durante una época de nuestra vida.
-Sí, pero usted termina, o terminaba de leer una novela erótica, y seguramente no esperaría que la protagonista se le apareciera en cualquier rincón de la casa...
-¡Qué más hubiera querido yo! -exclamé riendo.
-¿Ve usted? Yo no tenía esa certeza. Yo estaba convencido de que el vampiro se iba a hacer presente en cualquier momento.
-Pero no se le apareció, ¿no? -pregunté sonriendo.
-Afortunadamente, y hasta ahora, no. Tal vez se debió -añadió devolviéndome la sonrisa- a que encontré un punto flaco, aunque, la verdad, de poco me sirvió. En realidad no me sirvió de nada.
-¿A qué punto flaco se refiere?
-Mi tía tenía una vecina con la cual se llevaba muy bien. Era mucho más joven que mi tía. Y era preciosa. Era un monumento de mujer. Un día se quedó embarazada. El parto, según me contaron, vino torcido. Hubo que hacer la cesárea, y hubo que hacer una transfusión de sangre. Según contaba mi tía, en el hospital se equivocaron al hacer la transfusión, y esta mujer enloqueció... Sí, era una pena verla por las calles diciendo incoherencias... Murió poco después. Y eso me dio la clave. En la novela a una de las protagonistas, a Lucy, la primera víctima londinense del Conde, le hacen tres o cuatro transfusiones. Y nunca se tiene en cuenta el grupo sanguíneo. Allí el primero que llega ofrece su brazo. Y a Lucy no le pasa nada. No enloquece, no muere. Y se supone que recibe sangre de distintos grupos.
-Claro, en la época de Stoker seguramente se desconocían esas cosas. Esto me recuerda -dije entornando los ojos- que me sucedió a mí algo similar con una novela... ya no recuerdo cuál, no recuerdo si era El caballero del león o El caballero de la carreta... Acusan a la reina de haber tenido relaciones con el senescal del rey porque en la cama de ella han aparecido manchas de sangre. El senescal lleva varios días herido y reponiéndose. Y esa noche, casualmente, se le han reabierto las heridas... La sangre, sin embargo, no es suya sino de un caballero enamorado de la reina, Lanzarote del Lago, que se ha herido rompiendo los barrotes de una ventana para yacer con ella. Hoy en día con las pruebas del ADN todo se hubiera solucionado en un santiamén.
-Pero seguro que eso no le restaba importancia a la novela.
-No, claro que no.
-Pues algo similar me sucedía a mí con Drácula.
-Siempre podía dejar de leerla.
-¡Ah, no! ¡Eso sí que no! Yo necesitaba quitarme el miedo de encima. Estaba a punto de cumplir los veinte años, y era como si todavía llevase pañales. Y además -puntualizó sonriendo- la novela me gustaba mucho.
-¿Y lo consiguió? Quitarse el miedo, claro.
-Sí, lo conseguí; pero me costó sangre, sudor y lágrimas.
-Es decir, que ahora está releyendo la novela con total sosiego y tranquilidad.
-Por supuesto. Y además me divierte enormemente. Es una buena novela. Muy bien estructurada y graduada. Stoker, poco a poco, va creando un clima de terror que termina por envolver al lector, aunque no sea miedoso, como es mi caso actual.
-Decía don Miguel de Cervantes que si se lee Don Quijote a una temprana edad, las carcajadas brotan sin ningún miramiento; leído el libro a una edad entre la juventud y la senectud, la risa tarda un poco más en brotar; y leído a nuestra edad, la risa se convierte en llanto.
-Drácula evidentemente es un caso distinto. Pero eso sí: lo que antes me aterrorizaba, ahora me distrae mucho. Lo cual no es poco. Me lo paso muy bien leyendo la novela. Y, antes de que diga nada: me molesta mucho esa estupidez de literatura de evasión. ¿No se toma usted aspirinas contra el dolor o morfina o lo que sea? ¿Qué tiene de malo que algunas obras nos hagan más llevadera esta puñetera vida?
-Yo no he dicho nada...
-Ya, pero es que como a veces lo veo con el grupo ese que siempre está renegando de todo...
-Cada uno se distrae como puede. Ahora el tonto de Martínez ha descubierto que en los contenedores de basura no hay tantas cajas de cartón como en años pasados. Ha deducido de ello que estamos en crisis, que la gente no ha comprado tantos regalos, y que el país se va al garete. Y no hay día que no nos obsequie con su sagacidad y su perspicacia. ¿Que le vamos a hacer? Usted de joven quería conjurar a Drácula, y este, a la vejez, quiere ahuyentar a los políticos y a los corruptos.
-Yo lo tuve más fácil.
-Sin duda, sin duda.
-Cuando termine la novela se la dejaré. ¿Sabe? Drácula necesita reposar sobre tierra de Transilvania. Tiene que dormir en ataúdes que contengan tierra de su país. Me recuerda el mito de Atlante. Cada vez que Herakles lo tiraba al suelo, aquel se reponía: la tierra, su madre, le daba fuerzas. También las recupera uno cuando, tras un viaje por el extranjero, vuelve a casa. Es curioso.
-Sí, es curioso. Y le agradezco su ofrecimiento. Pero hagamos una cosa mejor: acompáñeme esta tarde al centro, y me la compro yo. Así la vamos leyendo al mismo tiempo, y la vamos comentando.
-¡Ah! ¿Hacemos un debate sobre Drácula? -me preguntó tendiéndome la mano-. ¿Le apetece?
-Me apetece. Aceptado -le dije apretando con fuerza su mano-. Y espero que sea todo mentira. No por nada sino porque los cementerios cristianos son muy tristes. Levantarse de un cementerio en medio de un prado o de un campo lleno de sol, debe de ser una maravilla. Pero estos cementerios estructurados por pisos, con lápidas horribles y flores de trapo ajadas y llenas de polvo... ¡qué horror!
-No había pensado en eso. Pero lo discutiremos también. Tenga en cuenta que el Conde sufre de halitosis, aunque jamás se queja de caries, qué maravilla, ¿no? ¿Al centro nos vamos con el autobús o a pie?
-Como usted prefiera. Recuérdeme que me compre una libreta y lápices para subrayar. No sé leer sin manchar ni ensuciar el libro.
-Mientras no lo manche con la sangre que le gotea de los colmillos...

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