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jueves, 12 de septiembre de 2013

RUIDOS EN LA NOCHE, por Eva Marabotto, de Buenos Aires, Argentina


Cuando se mudó del campo a la ciudad, Raúl supo inmediatamente que había perdido para siempre ciertas cosas. Las tardes de truco o bochas en el club, el andar torpe y bullanguero de las batarazas en el patio, el sabor de los duraznos recién cortados y la delicia de noches con cielo cuajado de estrellas que se extiende más allá de dond ellega la vista.

            No le preocupaban los amigos que dejaba ya que muchos se habían ido antes, a otros pueblos, a la ciudad,  o habían inscripto sus nombres en el pequeño cementerio del pueblo. Además tenía la promesa de sus hijos de volver los fines de semana para matear con los vecinos que quedaban y visitar parientes. Pero nunca pensó que iba a extrañar los sonidos del poblado que dejaba con su mujer, Catalina, para acceder al pedido de sus hijos de tenerlos más cerca.

           Sin embargo, la nostalgia lo asaltó ni bien el micro llegó al Retiro y se encontró con su mujer inmersos en un mar de bocinazos y pregones de venta de lo más diversos que no se parecían en nada a la amable placidez del pueblo.
          Las cosas no mejoraron cuando estuvieron instalados en el departamentito que Marta y Claudio habían elegido para ellos. Claro que tenía unas lindas cortinas floreadas, macetas con flores en el balcón, muebles rústicos de algarrobo y un montón de fotos de sus nietos. Pero el quinto piso a la calle garantizaba una platea preferencial para los conciertos de bocinazos que se ejecutaban en continuado durante todo el día en la avenida Rivadavia.
        Al principio aquellos sonidos agudos y constantes se le hicieron intolerables. Pasó varios días crispándose ante cada bocinazo. Luego empezó a escucharlos como en sordinas y comenzó a interesarse por las sirenas que rompían el aire con sus alaridos. No le costó mucho distinguir la de los patrulleros que llegaban acompañadas por un resplandor azul, la de los bomberos más aguda y estridente y las de las ambulancias que se repetían a cada rato.
     Incluso cuando lograba aislarse del fragor de la calle, cerrando las persianas y corriendo las cortinas, el propio edificio era una fuente inagotable de sonidos: llantos de bebé, discusiones de pareja, aullidos de placer de tórridas noches de sexo, platos que se apilaban, muebles que se corrían, puertas que se cierran y el ascensor que iba entre paredes de papel que no lograban atenuar ni siquiera los pasos en la escalera.
        Cuando salía a la calle, Raúl se sentía apabullado por los ruidos. Apenas podía balbucear palabras y jamás entendía lo que le decían sus hijos o Catalina. Se sentía inmensamente provinciano a pesar de que no era la primera vez que visitaba Buenos Aires y añoraba cada día más la calma del pueblo.
   Un día cualquiera, mientras una de sus nietas lo acompañaba al médico, comparó el estruendo que lo rodeaba diariamente en Buenos Aires con los sonidos que había dejado: el canto de los pájaros, la cháchara de las gallinas y el rumor del viento entre las hojas, el fluir del agua en un arroyo cercano, y los saludos cordiales de los vecinos. Tan enfrascado estaba en sus pensamientos que apenas oyó lo que el doctor le decía a su nieta. Tampoco le importaba demasiado ya que de momento lo tenía preocupado una manifestación con cánticos y bombos que se colaba por la ventana.
       Sus hijos no entiendieron su nostalgia por los ruidos del pueblo. Lo atribuyeron a la chochera de un hombre mayor y le recomendaron a Catalina vigilarlo más de cerca. Ella intentó explicarles, pero apenas podía con su alma, alejada de sus plantas y sus gallinas, de las vecinas generosas siempre dispuestas a convidar un mate y del cura que llegaba de visita cada tarde para confesarla y escuchar sus cuitas.
       Por eso no pudo ayudar a Raúl y él siguió obsesionado con ese estruendo que se le hacía insoportable de día, y lo ahogaba en un insomnio de angustia, durante la noche. En la madrugada, no había bocinas ni transeúntes ruidosos, pero las frenadas eran más agudas y las sirenas parecían jactarse del desparpajo con el que rompían el silencio. Además estaban los gritos, las peleas, los tableteos que se le antojaban tiros y un miedo absurdo y constante que le impedía dormir más que de a ratos. En esos escasos momentos soñaba que volvía al pueblo y se reencontraba con sus pájaros y sus gallinas, con los muchachos del bar y los amigos de la cancha de bochas. Pero siempre había un ruido que lo llamaba a la realidad y lo sumía en la eterna búsqueda del silencio de cada noche.
       A la mañana las cosas parecían estar mejor y casi podía seguir con su vida diaria, sumido en una banda sonora que le resultaba ajena y hostil. Por eso decidió resistir en su departamento con un continuado musical de folclore que solo interrumpía para poner algún tango de Darienzo.
       Pero a la caída del sol, no quería molestar a Catalina con su música y estaba poco habituado a auriculares y otros implementos tecnológicos. Así que se abandonaba al insomnio y a la sucesión de ruidos de la noche, siempre distintos, siempre ajenos.
      Hasta aquella noche en la que aquel sueño en el que volvía al pueblo, a los pájaros, al viento entre las hojas y al saludo cálido de la gente de la tierra se le hizo más vívido. Sin embargo, por algún motivo, era conciente de que estaban muy lejos, cada vez más lejos. Intentó sentarse, y despertar a Catalina, pero no pudo hacerlo, apenas alcanzó a mover la mano para aferrarse a la de ella que dormía a su lado. Lo último que escuchó fue el ulular de la sirena de la ambulancia, cada vez más cerca. 

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