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miércoles, 6 de abril de 2016

BESOS BRUJOS ©, por Carlos Alejandro Nahas, de Buenos Aires, Argentina


La verdad es que yo no sé si dar por cierto las cosas que me cuentan por la calle, pero es que hay cada boludo andando por ahí que ni les digo, che. Mirá, mientras el Gallego me pide un cortado les cuento esta que parece salida de un cómic – dijo el Turco mientras se sentaba en el bar –
- ¿De qué te enteraste ahora? Le preguntó el Tano Brandán mientras se acodaba en la silla como solía hacerlo cada vez que alguna de las fábulas – ciertas o no – de su amigo lo atrapaban.

- Dejate de joder, Tano. La que me enteré con mis setenta da para un libro entero.
José que estaba entretenido haciendo avioncitos de papel, lo miró desde abajo y le dijo socarronamente, sabiendo de antemano la respuesta:
- ¿Es que siempre te tenemos que pedir nosotros pelotudo? ¿No podés soltar el buche y ya está? ¿O hay que hacer la parodia de todos los jueves, preguntarte, ponerte cara de huevones y todo eso? ¿No te parece que nos conocemos mucho para hacer la misma gilada una y mil veces?
- Ta bien, dijo el Turco -, se las voy a contar pero nada más porque me lo piden ustedes, pelandrunes, que sino me iba a otro bar, a buscar otros amigos y a contarles la historia a ellos.
            Terminó de decir esto y las puteadas que recibió lo hicieron atragantarse con el cortado a medio tomar. Lo agarraban de la pelada entre todos y se escuchaba que le decían “tarado”, “gordo jetón”, “¿dónde vas a conseguir amigos como nosotros?” Y cosas parecidas. Cuando se recompuso les tiró a la cara:
- Es la historia de un punto que teniéndolo todo se rajó a la mierda por un beso.
- ¿Cómo? ¿Dónde? Entraron a preguntar los demás. Hasta el Ruso habitualmente indiferente se ajustó los lentes y le preguntó “¿qué cosa?”. Cuando tuvo la atención de la mesa como él quería, el Turco comenzó la comedia de todos los jueves: Contar sus mitos urbanos con lujo de detalles, atrapar a la audiencia, engatusarlos con su labia y rematarla dejándolos a todos con los ojos redondos como platos.
- La cosa que escuché, la escuché de buena fuente. En lo de mi tordo para más datos. Resulta que él era el clínico del tipo. Hombre maduro, ingeniero, con un doctorado en no sé que mierdas, casa en un country y todo. La cosa es que el punto estaba casado hacía 20 años con una mina de su edad pero que hoy mismo, la ven cruzar la vereda y se dan vuelta. Un mínón. La pareja perfecta. Se conocen a los 20, tienen 4 hijos, todos rubios y perfectos como los dos. La mina también, culta y bien preparada como él. Creo que al menos un par de títulos, y de algo ejercía porque estaba la mitad del día fuera de la casa. Los pibes unos querubines. La vida les sonreía, todo joya muchachos.
- ¿Y la historia, nene? le pregunta ahí nomás el Gallego.
- Pará pibe, ya viene, paciencia.
- Resulta que el tipo estaba – como todos nosotros – medio aburrido de comer siempre milanesa, no se si me entienden -, y al decir eso miró de soslayo a la mesa para ver algún gesto de aprobación - pero todos se hicieron los boludos. Y un día se fue de joda por ahí. Fue a un cabarulo de mucha guita en Recoleta, y se clavó un par de copas. Las chicas iban y venían. Alguna que otra más atrevida se le sentó en la falda pero él, con todo respeto, la sacó cagando.
            Se pidió un Chandón, y música va, música viene, a eso de las nueve ya estaba medio achispado. Cerca de las diez ve entrar a morocha despampanante que le corta el aliento. Fue verse, clavarse la mirada y no respirar. Él amablemente le cabecea y ella con discreción se le acerca a la mesa.
- Un yiro más, o sea – lo interrumpió el Tano que a esa altura parecía haber perdido el interés en la historia.
- No, pará nene, no es como te imaginás. La tipa parece que era la encargada o algo así del local. No estaba vestida como otras chicas, pollera larga, blusa discreta, eso sí, tenía una delantera con más fuerza que la de Argentina en el Mundial ‘78. Y una piernas largas como río de montaña.
- ¿Sigo? La cosa es que la mina se acerca, se ponen a charlar y ese día no pasa nada. Se intercambian teléfonos y quedan verse un mediodía de esos. El hombre se va a la casa, argumenta que tuvo una reunión de negocios hasta tarde, y al catre.
            Durante toda la semana la mina le pasaba por la cabeza como un tren bala, de esos japoneses ¿viste?. Hasta que al fin un viernes decide llamarla y encontrarse a un “alter office”, que en nuestra época era salir de copas con la compañera del laburo para trancársela. Copa va, copa viene, la morocha ese día tenía una blusa con menos botones que hotel de cuarta. Y encima, los pocos abrochados no ocultaban nada. Pegan onda – como dirían ahora – se cagan de risa y a la hora están fajándose como dos locos en un telardo ¿me siguen? A lo que todos respondieron a coro ¡¡¡Siii!!!
            El tema es que a la mina le gustaba el upite. No sé como explicarles, tenía una especie de fijación anal. Y al ingeniero la cosa le gustaba. La cuestión es que anduvieron de trampa como seis meses. Los viernes él dejaba su oficina y se iban puntualmente a las 6 y media y se masacraban – no me pongas esa cara de no se de qué me hablás, Ruso porque yo te la conocí y estaba mas buena que el Toddy – a lo que todos largaron otra carcajada. A las 11 en punto volvía a la casa y el verso de los inversores belgas, o los nuevos trenes para el África, o boludeces así. Beso en la trompa a la rubia y al sobre.
            La cosa era que el gil quería pasar al siguiente nivel. Ella nunca esta boca es mía. Jamás un “Cuándo te divorciás”, nada. Lo peor que le podés hacer a un tipo es eso. Le comés la cocuza, no se si me entienden. Es la historia del cazador cazado. Si no te piden nada te sentís obligado a dar, y el “ingenieri contratista” un día quiso más. Ya no le alcanzaba con que fuera su amante la Paola, como se llamaba, le quería “hacer el novio”. Un sábado con la excusa de una cena de negocios se pone el mejor jetra y la pasa a buscar por la casa. Allí conoce a la madre, fulera como pocas, aunque modosita, la vieja.
            Y así como otros cuatro meses y el chabón “colina”, cada día más y más. Con la mujer ya no se tocaba ni a ganchos y él encajetado con la Paola. Hasta que una noche pasó lo fatal. Él estaba esperando en el comedor que la piba saliera de arreglarse y vio un documento arriba de la cómoda. Como haríamos cualquiera de nosotros, lo abre, y ahí su perdición, su locura, se le vino todo abajo. ¿A qué no saben qué decía el DNI? ¡¡Javier Chávez, decía!! Y era la cara de la mina, pero fulería ¿me entienden? ¡¡Todo ese tiempo había estado saliendo con un trabuco!!
            La cosa es que la mina viene de la zapie y le pregunta si no vio su DNI, y el punto ni pío. Cine discreto, muchos besos. Al final de la noche, cena a la luz de las velas y él alega sentirse mal y la deja en la casa, pero no se encaman. Un año yendo a psicólogos, hasta a un programa de radio llamó para contar su caso, y no le veía la vuelta. ¡¡Estaba perdidamente enamorado de un punto, muchachos!!
- ¿Y, como terminó la cosa, Turco?, se desesperó el Tano mientras los demás ya estaba todos arriba de la mesa tratando de cagarlo a piñas –
            Le pregunté a mi tordo esta semana y me contó el japi end como dicen los pendejos. Largó todo y está viviendo con el coso ese en una casa a medio hacer – la del trabuco – en Burzaco. A la jermu le dejó todo, casa dos autos, pibes. Hasta el laburo dejó y dicen que vende seguros de vida por Avellaneda. Lo que más me llamó la atención fue lo que le contó el coso acerca de lo que lo definió, de lo que lo llevó a optar por el travesti en lugar de la mujer.
- ¿Qué te dijo? - Le escupió el Gallego al borde de la desesperación -  A lo que a coro todos dijeron: ¡¡¡Era puto!!
No, muchachos, ni ahí, respondió el Turco mientras se acomodaba para atrás en la silla. Estiró sus cortas piernas, se mesó la barba y dijo ¿Saben qué lo decidió? ¿Saben qué le dijo al médico?
- ¿Queeee? Gritaron todos de nuevo –
      Que jamás en su vida lo habían besado de esa manera, que no le importaba que tuviera manija, que él toda la vida sería activo y el culo se lo iban a comer los gusanos, pero que esos besos eran su vida, y no iba a renunciar a ellos ni por todo el oro del mundo.

Y diciendo esto largó un lacónico “terminé”

- ¿Otra vuelta de café, muchachos? Preguntó el Turco mientras el resto iba cerrando uno a uno sus bocas y se pasaban las manos por las nucas.



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