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miércoles, 6 de abril de 2016

VIOLIN O VIOLA, por Leo Sle, de Buenos Aires, Argentina


Venía piloteando mi vida sin demasiados sobresaltos, huérfano de acompañante y como siempre, todo lo rápido que me permitía la máquina.
Había verificado que con tanto kilometraje el vehículo andaba sin esfuerzo en las rectas, trepaba con autoridad las cuestas, frenaba con solvencia y sobre todo, doblaba como los dioses.

Ahí estaba la clave, la sal y pimienta, el sentido de la vida. Doblar pegado a la cuerda rebajando antes de la entrada, taco y punta y acelerando hasta la salida, volanteando cortito y firme, sentir la vibración en las entrañas, ese leve fruncimiento del culo y, sobre todo, zambullirme en lo desconocido esperando que los reflejos y la mecánica no me dejen de a pie, o peor, vestido de madera. Pero esa tarde, seguí de largo.
Tenía el auto en el taller, una nimiedad que no quería dejar pasar. Como me lo resolvían en un par de horas, en camino al café de la avenida pasé por la plaza del barrio, frondosa y bien cuidada.
 La ví sentada en un banco de madera, con un estuche que a todas luces era de violín, embelesando el ambiente.
Tanto como para entrar en materia pregunté,  ¿Violín o viola?
Me miró sobradora y relojeándome todo el continente me contestó:
--Porqué, ¿usted es músico, señor?
Con ese “señor”, cualquier pendeja te deja como para entrar a boxes, sabiendo que aunque para vos la máquina siga intacta, la chapa se desluce y  arruga.
Afronté el riesgo.
No soy intérprete pero sé escuchar la música del viento doblando por esas curvas, divina – volantee por puro instinto-.
Se ruborizó y quedó por un momento, que cronometré en tres segundos cuarenta y un centésimas, sin decir nada. Me senté a su lado.
Abrió la boca para hablar. Volví a volantear, ahora para el lado contrario.
Concertista, ¿no es cierto?, porque tiene toda la prestancia de las artistas.
Acomodó el violín sobre la falda poniendo sus manos encima. Aproveché:
Lo digo por sus manos, de dedos largos pero fuertes, para arrancar, con toda seguridad, acordes maravillosos al instrumento.
 Aceleré.
Qué digo arrancar, no me sé expresar, podría mejor decir extraer, como quien saca miel de un panal, en un crepusculo dorado y otoñal. En eso hay música.
Sonrió bajando un poco la cabeza.
Además, la vende esa postura que tiene, derechita para poder empuñar bien el instrumento; los talones apoyados para seguir el ritmo con las puntas, los muslos firmes, la cintura fina, el busto generoso bien erguido, el cuello relajado que contendrá en su hueco la madera antigua y lustrosa.
Se inclinó juntando un poco los hombros, revelando el volumen de sus pechos, perfectas frutas que evalué consistentes, apenas salobres y de piel amorenada y firme.
 Mantuve la velocidad
Además ese pelo sedoso que tiene, cubriendo apenas las orejas pequeñas, acostumbradas a escuchar las sutiles diferencias de afinación de las cuerdas de día en día; qué puedo decir de la dulzura de sus ojos, mar  revuelto en reflejo de amaneceres...
Iba por los ojos, cuando entreabriendo los labios miró hacia el caminito de grava que desembocaba allí.
Por él apareció otra piba de igual talante con un estuche de viola, que sin mirarme, como si no existiera, aceleró, frenó en seco y sacando la sin hueso como un paragolpes adicional, le zampó un beso de lengua, hurgueteador, prolongado y compartido, que a mí, me dejó aturdido y sin aire.
--Llegaste justo amor. El señor me estaba diciendo unas cosas lindísimas, escuchalo, escuchalo, te vas a divertir.

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